Ave
Tomo el AVE, trajeado como un señor, para ir a Madrid a presentar la excelente novela del ubetense Salvador Compán Cuaderno de Viaje. Me repantigo en mi cómodo asiento de preferente, con alzas para los pies y todo, y, nada más salir de la estación, una gentil y bella azafata me trae un zumo de naranja y el periódico (a elegir entre varios), así como los auriculares por si quiero escuchar música o ver la película que proyectan durante el viaje. Pasa otra azafata ofreciendo la dignísima revista de la RENFE y el catálogo de los artículos de venta a bordo.
El pasajero contempla el paisaje de olivos andaluces: primero, lechines; después, hojiblancos y finalmente picuales. Un océano de olivos que se pierde en el horizonte.
Una azafata reparte toallitas húmedas, casi hirviendo, para que el personal se asee las manos antes de comer, dado que, dependiendo de la hora, te sirven desayuno, aperitivo, almuerzo, merienda o cena. O sea, estupendo.
El pasajero contempla el paisaje: olivos cornicabra de La Mancha y Toledo. Unas azafatas reparten las bandejas con la pitanza; otras la bebida que uno quiera, vinos de todas las regiones de España, más o menos, sin que falte el cava catalán. La bandeja trae su ensalada, su plato principal y su postre, pan aparte a elegir entre varias clases. Y hasta su sal y su pimienta y su mondadientes. O sea, la gloria. Se me olvidaba: y una tarrinita alargada que contiene un pegote de mantequilla helada muy semejante, con perdón de la mesa, a la deyección de una gaviota.
Después del almuerzo sirven una bebida y en eso llegamos tan rica y puntualmente a Madrid, la villa y corte, la capital de las Españas.
Pregunta: ¿qué es lo que ha fallado? ¿qué es lo que podría mejorarse?
¿No cae?
Respuesta: ¡el aceite, hombre! El tren ha atravesado cinco comarcas aceiteras: Sevilla, Córdoba-Jaén, La Mancha, Toledo, Madrid, y no te han puesto una monodosis de ese aceite virgen extra, tan saludable y tan moderno. No digo yo que tengan que sustituir la mantequilla, con todo su golpe de colesterol malo, por el aceite de oliva, con todo su golpe de colesterol bueno: no aspiro a tanto. Pero si metieran en cada bandejita una monodosis de aceite de oliva virgen extra, el personal, que es tan romántico, lo agradecería al cruzar ese paisaje de olivos.
(El Mundo - 2000)





