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Scott nos inventó a todos

Escocés, hijo de abogado, Walter Scott colgó la toga a la muerte de su padre para dedicarse plenamente a su gran pasión: la literatura. El hecho de ser un romántico empedernido y un idealista le llevó a la ruina, pero Scott murió glorioso, respetado como una gran figura nacional e imitado por una larga escuela que todavía hoy perdura. Ivanhoe, su novela más famosa, fijó, desde su aparición, el canon del género, prologada por Juan Eslava, se venderá mañana con EL MUNDO, por 225 pesetas más. La obra contiene todas las virtudes y los defectos de la novela histórica e incluso del best-seller

Sir Walter ScottWalter Scott nació en Escocia, en una familia de clase media. Era guapo, corpulento y algo cojo de la pierna derecha. Hijo de abogado, trabajó en el bufete de su padre hasta que, a la muerte de éste, ahorcó la toga para dedicarse plenamente a la literatura.

Escribió 31 novelas, casi todas de gran éxito, con cuyas ventas se enriqueció. Adquirió una mansión, que amuebló con lujo previctoriano, y recibió el título de Sir. Pero Scott era un romántico incurable, su generosidad y su idealismo lo abocaron a la ruina total.

Asociado a una arriesgada empresa editorial que al final quebró, se vio obligado a escribir a destajo para pagar a los acreedores. El exceso de trabajo no sólo quebrantó su estilo, sino también su salud, porque le acortó la vida.

Ivanhoe es la novela más famosa de Walter Scott, la que fijó, desde su aparición, el canon del género. Sin ella no habrían existido probablemente Los tres mosqueteros, Nuestra Señora de París o Los pilares de la Tierra.

En Ivanhoe se contienen todas las virtudes y los defectos de la novela histórica e incluso del best-seller. Por una parte el redescubrimiento de una época oscura, sucia, la Edad Media, y de la pasión romántica, el heroísmo en estado puro, los conflictos y las sorpresas que mantienen la curiosidad y el interés del lector capítulo tras capítulo.

Por otra parte, la narración estructurada y metódica y la acertada caracterización de los personajes, una preocupación de los novelistas decimonónicos que no siempre han mantenido los escritores posteriores.

En Ivanhoe, sobre el fondo histórico de la enemistad entre las dos comunidades de la Inglaterra medieval, la de los sajones sometidos y la de los normandos conquistadores, que crea la tensión necesaria entre la moral individual y las fuerzas sociales, Scott nos cuenta las tribulaciones de dos enamorados, Ivanhoe y Lady Rowena, a los que razones de alta política pretenden separar, y otra media docena de tramas secundarias que abarcan todos los tópicos de la novela medieval (y luego del cine del género).

La vertiginosa narración deja al lector sin aliento: el regreso de las cruzadas; el famoso torneo de Ashby-de-la-Zouche, con el rey Ricardo Corazón de León de incógnito ayudando a nuestro protagonista a derrotar a una serie de campeones; la historia del judío Isaac de York y su hija Rebeca; el juicio de Dios...

La acción se apoya en una larga nómina de personajes secundarios casi cinematográficos, dibujados con el nervio que pone John Ford en los suyos. Pueden resultarnos algo maniqueos quizá y hasta podemos detectar el tufillo de su procedencia, del repertorio de los romances medievales ingleses que Walter Scott y los románticos adoraban (Loksley, por ejemplo, que es el legendario Robin Hood; o el jocundo fraile Truck), pero no por ello resultan menos eficaces en el espléndido marco histórico que los con tiene.

Walter Scott hizo su cesta con mimbres tomados del medievo inglés, pero no permitió que la fidelidad histórica le estropeara una buena novela. Es decir, se tomó todas las licencias necesarias sentando con ello la fórmula básica de la novela histórica: construir un cañamazo lo más amplio posible de hechos históricos para que la acción fluya sin obstáculos y para que los personajes se muevan libremente. No todos los novelistas lo consiguen.

La suerte crítica de Scott ha sido varia. Venerado por el público desde hace muchas generaciones, la crítica no lo ha tratado tan bien. Chesterton lo considera «autor descuidado y defectuoso»; otros lo han tildado de grandilocuente y previsible. Puede que tengan razón, pero hay que reconocer que domina admirablemente el arte de cautivarnos con sus diálogos vivaces y con sus vigorosas descripciones.

Scott murió glorioso y arruinado, respetado como una gran figura nacional e imitado por una larga escuela que todavía perdura. La suerte de Ivanhoe incluso superó la fama de su creador. Baste decir que se ha traducido a más de 40 idiomas y que ha inspirado cuatro óperas y varias películas. Ivanhoe es un referencia del cine de aventuras.

Ivanhoe apareció en 1819 y seis años más tarde se publicó su primera traducción española, en Londres. Al año siguiente se publicó otra en Perpiñán (Francia). En el año 1828 la censura impidió su publicación en Barcelona, pero en 1831 se editó en Madrid, en las prensas del librero Jordán.

Su influencia en el nacimiento de la novela histórica española fue inmediata, en parte gracias a Ramón López Soler, el gran divulgador de Scott en España, cuya novela Los bandos de Castilla, impresa en Valencia en 1830, deriva claramente de Ivanhoe.

Hace años, el novelista Simenon, ante el monumento a Walter Scott en Edimburgo, resumió en pocas palabras la importancia del novelista: «Scott nos inventó a todos».

Juan Eslava Galán (El Mundo - 1999)

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